
Un museo marítimo a la altura de Málaga
Dirk López D’hondt
‘‘Desde que nací me vi inmerso en el tema de la náutica pero, como normalmente le sucede a la gente joven, no quise hacerle mucho caso a lo que le gustaba a mi padre. Una vez fui padre yo, empecé a interesarme por su pasión, que eran los instrumentos náuticos. Viniendo de una familia de marineros me sentía un poco fuera de todo, especialmente cuando acompañaba a mi padre a las reuniones de capitanes de marina mercante. Por ello decidí estudiar y licenciarme como Capitán de Yate y aprender cómo funcionan todos esos instrumentos, y para intentar entenderle un poco mejor a él.
Después de mis estudios fui capaz de conversar con mi padre como no lo había hecho antes, y pudimos enseñarnos cosas el uno al otro, las que yo desconocía por falta de experiencia en la mar, y él por falta de estudios.
Algo que sí me llamó la atención desde siempre fueron los buzos. Lo que pesa y lo aparatoso que es. El buzo de por entonces era como un minero pero en el mar; hay que tener mucho valor para meterte en un traje que pesa tantos kilos y confiar en que el que está bombeándote aire va a sacarte sano y salvo. Una vez hicimos una prueba con nuestro buen amigo Salvador Leal Jodar en la piscina de casa y fue demasiado claustrofóbico.
Mi padre ha sido un hombre excepcional, que ha hecho cosas por las que nadie se preocupaba: ser marinero estaba mal visto. Sin embargo él, cuando oía a alguien mencionar algo de una pieza en algún país, cogía un avión que costaba 10 veces más que la pieza en sí para ir a por ella. E incluso hoy día, con lo fácil que es encontrar cualquier cosa por internet, en España no queda a penas nada. Con la Guerra Civil se ha perdido mucho, no quedan instrumentos caros, ni buzos. Nosotros tenemos prácticamente todo lo necesario, sólo falta un espacio y alguien dispuesto a musealizarlo.